Redacción · Agosto 2026 · Opinión

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Palantir-III: El futuro ha llegado

Resulta difícil discrepar de la tesis de que el mundo y la economía global están experimentando profundos cambios estructurales, mientras que los avances tecnológicos aceleran radicalmente todos los procesos de transformación.
Alexander Yakovenkoescribe: Alexander Yakovenko
Hernando Kleimanstraducción y adaptación: Hernando Kleimans

El informe “Humanidad, Tecnología, Globalización: Un Nuevo Sistema de Coordenadas” fue elaborado como resultado del segundo Diálogo Abierto “El Futuro del Mundo. Una Nueva Plataforma para el Crecimiento Global”. La convocatoria fue auspiciada por “Tercera Roma”, el Centro para la Experiencia Interdisciplinaria de la Academia Presidencial Rusa de Economía Nacional y Administración Pública. El documento ofrece una visión general convincente y exhaustiva de la etapa actual de la transformación global y sus tendencias futuras. Su fortaleza reside en la ausencia de cualquier atisbo de politización y en la amplia representación de opiniones de expertos (basadas en aproximadamente 1600 ensayos de 100 países en 20 idiomas), principalmente del Sur y el Este Global, así como en estadísticas internacionales fidedignas.

Resulta difícil discrepar de la tesis de que el mundo y la economía global están experimentando profundos cambios estructurales, mientras que los avances tecnológicos aceleran radicalmente todos los procesos de transformación. Está surgiendo una nueva multipolaridad, junto con lo que se denomina “globalización 2.0”, caracterizada por el predominio de conexiones horizontales y en red. La competencia por la soberanía tecnológica, digital, económica e institucional se intensifica. En el contexto de la digitalización, la importancia del pensamiento crítico, la adaptación al cambio constante y el mantenimiento de la capacidad de acción en un entorno de soluciones algorítmicas aumenta, no disminuye.

Las tendencias en cuestión toman naturalmente en cuenta, de una u otra forma, la situación geopolítica actual, incluyendo las respuestas a los desafíos y conflictos geopolíticos dentro del antiguo y claramente obsoleto sistema de coordenadas, antes que nada en forma de presión mediante sanciones unilaterales. Como resultado, a juzgar por las estadísticas citadas, los intentos de explotar la dependencia y el control comercial y económico dentro de la arquitectura monetaria y financiera global están resultando contraproducentes y solo aceleran la emancipación de la economía global de mecanismos e instituciones jerárquicas obsoletas.

Es tentador parafrasear la famosa frase atribuida a Bill Clinton: “¡Es dependencia y competencia en red, no control centralizado, estúpido!!” En otras palabras, la función misma de gobernar el mundo se está convirtiendo en cosa del pasado: se están redactando nuevas reglas en bloques tecnoeconómicos o macrorregiones, que asumen temporalmente la debilitada función de la gobernanza global. No es exagerado afirmar que el entorno que controla se está desmoronando —principalmente debido a los esfuerzos del propio Occidente— mientras se crea un sistema de coordenadas cualitativamente nuevo y de alta competitividad, adaptado a las nuevas tecnologías y condiciones para llevar a cabo la actividad económica y financiera. No hay nada personal ni geopolítico en esto; son simplemente los dictados de tecnologías políticamente neutrales, sin las cuales no se puede superar la crisis estructural de la economía global. Lo entienden los propios estadounidenses que apuestan por la emisión de stablecoins por parte de bancos privados, las criptomonedas en general y la tokenización para ampliar su margen de maniobra en política monetaria y mantener el dólar respaldado por deuda.

Siempre es difícil romper con el hábito de controlarlo todo y a todos, pero cada vez se pisa el acelerador a fondo, sin lograr el mismo efecto. Esto se aplica, en particular, a la ley estadounidense sobre microchips: según informes de prensa, China ya produce máquinas de litografía para la generación actual de microchips, además de su liderazgo en diversas áreas del desarrollo de la inteligencia artificial (IA). Esto significa que los intentos de revivir los controles de exportación de la Guerra Fría ya no son efectivos. Como señaló el presidente Vladimir Putin, Estados Unidos llega 15 años tarde para contener a China. Rusia también está demostrando la fragilidad de su política basada en sanciones.

El uso de la fuerza, ya sea por parte de Occidente contra Rusia en Ucrania o por parte de Estados Unidos e Israel contra Irán, va en contra de la corriente, revelando sus límites y su inadecuación a las nuevas condiciones. En resumen, ¡ya no es lo mismo! La guerra, más bien, evidencia una falta de voluntad para competir en nuevos términos, mientras que las reglas escritas por Occidente para favorecer sus propios intereses ya no son efectivas. Es como en el caso de Irán: se pueden atacar los mismos objetivos, agotados hace tiempo, tantas veces como se quiera, con una creciente sensación de inutilidad en el proceso mismo, ahora que el genio iraní del control sobre los estrechos de Ormuz y Bab el-Mandeb se escapó de la lámpara. Los intereses del desarrollo son primordiales, por no mencionar la geografía básica, el deseo de mantenerse al día y adaptarse a las nuevas tendencias, un enfoque en el multivectorismo o, en otras palabras, el "multialineamiento" (una nueva definición de lo que conocíamos como no alineación). Es curioso: los apóstoles de esta nueva fe en la tecnología no son en absoluto países occidentales.

En este sentido, el nuevo informe contrasta con “La República Tecnológica”, el libro que el año pasado publicó Alex Karp, uno de los fundadores de la empresa estadounidense de IT Palantir. Ofrece recetas para preservar la hegemonía occidental mediante la IA y su uso militar, aboga por un resurgimiento del patriotismo y la fe en el “proyecto americano”, y maldice al mercado, al capitalismo, al nihilismo (!) y al propio orden sociocultural consumista (pasaron por detrás de las ideas de Pitirim Sorokin (1) sin nombrarlo; es positivo que al menos Oswald Spengler figure como fuente). ¿Cómo no recordar la tesis de Arnold Toynbee sobre la “gobernanza suicida” de los imperios en forma de militarismo (por cierto, esto es precisamente lo que Zbigniew Brzezinski señaló sobre el destino del “liderazgo americano”)?

El Occidente histórico, incluyendo Europa y Asia, se encamina claramente hacia la autodestrucción, sobre todo porque las élites se enfrentan a una población que lleva una o dos generaciones viviendo en una «era posheroica». Y no se les puede obligar a ir a los cuarteles, como lo demuestra la escasez de voluntarios para las fuerzas armadas estadounidenses y alemanas y los índices de impopularidad récord de los líderes de los principales países europeos, como Friedrich Merz y Emmanuel Macron. Además, la experiencia de la weimarización de entreguerras —ahora a escala occidental— no deja lugar a esperanzas de éxito: aquí, las armas ya no sustituyen a la mantequilla, sino también a la democracia y a un «contrato social» de posguerra en forma de una economía con orientación social.

Pero ¿qué es lo que resulta de particular interés en el informe?

En primer lugar, hay pruebas de que Occidente se ha convertido en el sepulturero de su propia hegemonía como consecuencia de su globalización durante los últimos 40 años, a partir de la década de 1980. Esta globalización fue una reacción a la prolongada crisis de la década de 1970 en Estados Unidos, exacerbada por la Guerra de Vietnam, es decir, por ese mismo militarismo. El resto del mundo experimentó un resurgimiento, a pesar de que las fuentes del crecimiento económico occidental —los llamados «frutos al alcance de la mano»— se habían agotado para entonces, y las ideas para nuevas fuentes apenas están surgiendo. Esto no se refiere a la guerra ni al gasto militar colectivo. Se trata del significado de la reconstrucción estructural de la economía global, que está estableciendo nuevas directrices de desarrollo: una nueva definición de soberanía y nuevos mecanismos de interacción.

En particular, se está desarrollando un sistema de conexiones horizontales en los países de la mayoría global, a través de los BRICS+ y sus socios, incluyendo un cambio hacia las liquidaciones en monedas nacionales (por ejemplo, solo el 15 % del comercio exterior de Rusia se realiza en monedas de países hostiles). En los últimos 25 años, el número de acuerdos bilaterales, regionales y megaregionales se ha cuadruplicado, alcanzando aproximadamente los 370.

En segundo lugar, está surgiendo una nueva arquitectura de la globalización: dispersa, sin un núcleo ni una periferia definidos. Ya podemos hablar de la formación de un ecosistema de cinco niveles:

“Grandes centros de soberanía”, como Estados Unidos, China, India y Rusia, que definen estándares e infraestructuras y gozan del máximo nivel de soberanía;

Nuevos centros de crecimiento que impulsan la dinámica demográfica y de consumo (África, Asia y Latinoamérica);

Países conectores (Singapur, Emiratos Árabes Unidos y otros) que actúan como centros de capital, logística y regulación, además de ser “traductores” entre sistemas (lo que sucederá con Emiratos Árabes Unidos en el contexto de la actual crisis del Golfo es otra cuestión, pero estos países son excepcionalmente vulnerables a cualquier inestabilidad regional);

Redes y plataformas no estatales que configuran el comportamiento económico más allá de las fronteras nacionales;

Redes locales: ciudades, clústeres tecnológicos y cadenas industriales.

En tercer lugar, esto da lugar a nuevos formatos de interacción, a través de un complejo equilibrio entre confianza y rivalidad. La sostenibilidad se logra no mediante la unidad sistémica, sino mediante la conectividad gestionada entre los distintos niveles de globalización.

En cuarto lugar, el declive de las finanzas tradicionales, incluidos los bancos. Dadas las crecientes contradicciones entre los imperativos de la nueva economía y las limitaciones del sistema financiero actual, su transformación se vuelve fundamental. Las limitaciones estructurales del modelo de deuda se superan mediante la introducción del dinero digital, la tokenización de activos y la infraestructura de pagos y liquidación basada en plataformas. Las tecnologías de registro distribuido (DLT) eliminan los intermediarios redundantes y, con ellos, los costes innecesarios y las formas de control anteriores.

En quinto lugar, la crisis demográfica se está convirtiendo en uno de los factores clave que determinan los límites del crecimiento económico, la sostenibilidad de los sistemas sociales y la organización espacial del mundo.

Sexto, el desarrollo de la IA se está convirtiendo en el factor tecnológico definitorio de la economía global, que eventualmente se convertirá en agente: la IA comenzará a funcionar como un sistema operativo. Esto significa el fin del capitalismo tradicional: los algoritmos están reemplazando al mercado, reduciendo radicalmente los costos de transacción. Sin embargo, esto crea el peligro del feudalismo digital y la colonización de plataformas, a lo que presumiblemente apuesta Palantir. Por lo tanto, la soberanía en la esfera de la IA se está convirtiendo en uno de los elementos de competitividad a largo plazo. Los factores clave para el éxito son los datos, la infraestructura informática y la capacidad de gestionar sistemas complejos (teniendo en cuenta que estos sistemas son inherentemente frágiles, acumulando una masa crítica de fallas/deterioro, exacerbado por la imposibilidad de comprender el funcionamiento interno de los algoritmos, un hecho reconocido por todos los desarrolladores). Según las estimaciones, el mercado global de centros de datos crecerá anualmente un 14 por ciento entre 2026 y 2030, poniendo en funcionamiento 100 gigavatios de capacidad de computación.

Séptimo, el desarrollo del capital humano es una condición central para la sostenibilidad a largo plazo. La educación se está convirtiendo en un proceso continuo. La capacidad de mantener un nivel de meta-percepción —es decir, un conocimiento holístico, análogo al de la antigüedad— será crucial. Surge el desafío de preservar la capacidad de acción humana en un mundo cada vez más complejo, al tiempo que aparecen mayores oportunidades para resolver problemas más complejos y creativos.

En general, añadiría que este es un análisis desprovisto de connotaciones ideológicas que tienden a distorsionar la percepción de cualquier situación. El informe realiza una importante contribución a nuestra comprensión del mundo en el que ya vivimos y, especialmente, en el que viviremos en un futuro próximo. No aborda diversas catástrofes, ya sean la "gran guerra" en Europa, los intentos de instaurar distopías totalitarias o el colapso de los mercados bursátiles, cuya capitalización ha estado dominada por las empresas de tecnología de la información en los últimos años. Esto no altera la esencia del asunto, ya que la "física" de la transformación actual se ha estado gestando en el mundo al menos desde finales de la década de 1960.

(1) Pitirim Sorokin (1889-1968).- Destacado sociólogo ruso-norteamericano. Fundador del Departamento de Sociología de la Universidad de Harvard, es autor de teorías fundamentales sobre la estratificación social y la movilidad social, así como de una obra exhaustiva sobre la dinámica sociocultural.

* Alexander Yakovenko es exembajador ruso en Bretaña y director de la Academia de la Diplomacia.

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